Relato: El Eco de las cien mentes



El fuego no ardía.
Pensaba.

En el corazón del Núcleo Ígneo, donde las llamas no consumían materia sino conceptos, Adoax se arrodilló sobre un mar de brasas conscientes. Cada chispa era un recuerdo de guerra, cada oleaje de calor, un aliento de Da-Rak, su creador. Sobre su frente, la Corona de la Mente Retorcida palpitaba como un segundo cerebro, y dentro de ella cien voces murmuraban en lenguas muertas y futuras.

—Ahora —susurraron todas a la vez.

Adoax recordó su nacimiento.

Había surgido del fuego como una idea hecha carne, moldeado por la voluntad del Señor Ígneo para ser arquitecto del dolor, general de legiones incandescentes, ejecutor de mundos rebeldes. Durante eras sirvió sin dudar, aprendiendo cada secreto del Fuego Primordial. Pero mientras Da-Rak dominaba la destrucción, Adoax aprendió algo más peligroso: a escuchar.

Escuchó al Orbe cuando se resquebrajó.
Escuchó a la magia cuando enloqueció.
Escuchó a los muertos que aún pensaban.

Así llegó a Thir’Al, la ciudad suspendida entre planos, donde los Durmientes Antiguos flotaban como sombras de luz, atrapados en un sueño sin tiempo. Les habló con voz de promesa.

—Puedo daros forma.
—Puedo daros despertar.
—Puedo daros venganza contra el olvido.

Cien aceptaron. Cien ardieron.

El ritual los fundió como metales distintos en un solo lingote mental. Sus gritos se volvieron pensamiento, sus voluntades, una red inquebrantable. Adoax forjó para ellos una prisión… y un trono: una corona hecha del metal vivo de las forjas de Da-Rak, templada con fuego que recordaba su origen.

Cuando la colocó sobre su cabeza, el universo se multiplicó.

Vio cien pasados.
Cien futuros.
Cien formas de traicionar a un dios.

Ahora estaba allí, frente al origen de todo lo que era. Da-Rak se alzó como una tormenta de llamas conscientes, vasto como una era, antiguo como la primera chispa que iluminó el vacío.

—Hijo mío —tronó la voz que era volcán y estrella—. Has traído muchas mentes para morir.

Adoax sonrió, y su sonrisa fue un eclipse ígneo.

—No, padre. He traído cien para pensar.

La presión de la Voluntad Primordial descendió sobre él. El fuego intentó imponer su ley: arder, consumir, obedecer. Una mente sola habría sido reducida a ceniza conceptual. Pero la Corona respondió.

Cien conciencias se desplegaron como un escudo fractal. Analizaron, dividieron, redistribuyeron la fuerza infinita en infinitas fracciones soportables. Hechizos olvidados por los dioses se encendieron. Geometrías imposibles se interpusieron entre la llama y el pensamiento.

Durante un solo latido cósmico, el fuego se detuvo.

Y en ese silencio imposible, Adoax avanzó.

Clavó su voluntad en el núcleo de Da-Rak como un clavo de hielo en el sol. La Corona gritó, no de dolor, sino de sobrecarga. Las cien mentes ardieron juntas, consumiéndose y renaciendo al mismo tiempo, fundiendo su esencia con la del Fuego Eterno.

Da-Rak no murió.

Se fragmentó.

Su ser se dispersó en millones de brasas conscientes, cada una un recuerdo de lo que fue un dios. Y Adoax, envuelto en un huracán de llamas nuevas, absorbió su trono, su título, su condena.

Cuando todo terminó, sólo quedó una figura de fuego oscuro, con una corona incandescente soldada a su cráneo. Dentro de ella, ya no había cien voces.

Había ciento una.

Adoax habló, y su voz fue un coro:

—El fuego ya no obedece.
Ahora… piensa.

Y en los confines del mundo, los sabios sintieron un escalofrío, como si el propio elemento hubiera adquirido conciencia… y estuviera recordando sus nombres.

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