Marveth, el heraldo de la tormenta

 



Avatar de: Vaelrith, la Señora de la Tormenta
Esfera de Influencia: Tormentas, Cielos y Relámpagos

El Nacido del Relámpago

Cuando los cielos rugen y la lluvia golpea la tierra con furia divina, los hombres miran al horizonte y susurran un nombre con temor y respeto: Marveth. El Heraldo de la Tormenta, el avatar de Vaelrith, nació del primer relámpago que tocó el suelo de Beldar. Su cuerpo es energía encarnada, una chispa viva de la voluntad de su diosa. Donde Marveth aparece, los cielos se abren, los vientos cambian y el equilibrio se restablece por la fuerza del trueno.

“Yo no traigo destrucción. Traigo movimiento.”

Apariencia del Heraldo

Marveth se manifiesta como un hombre alto, de mirada fulgurante y cabello blanco que vibra con electricidad.
Su piel está marcada por filamentos de luz azul que recorren su cuerpo como venas ardientes. Sus ojos no tienen pupilas: son dos tormentas en constante agitación. Su armadura, hecha de metal ennegrecido y runas celestes, brilla con cada relámpago. En su mano derecha sostiene el Tridente de los Cielos, símbolo de su vínculo con Vaelrith, capaz de invocar tormentas, dirigir rayos o disipar la calma cuando esta amenaza con pudrir el equilibrio. A menudo se dice que su respiración huele a ozono y que su voz puede hacer temblar las montañas.

El Despertar del Heraldo

Marveth ha sido invocado solo en momentos de gran desequilibrio. La primera vez que se levantó fue durante la Segunda Edad, cuando los mares quedaron en calma eterna y los cielos olvidaron llover. Vaelrith, furiosa ante el silencio del mundo, envió a su heraldo. Marveth descendió envuelto en nubes negras, y con su tridente golpeó la tierra tres veces. El primer golpe trajo el trueno. El segundo, la lluvia. El tercero, el miedo.

Desde entonces, los mortales aprendieron que la calma sin cambio es el principio de la muerte.

El Mensajero del Trueno

Marveth no habla por voluntad propia; es la voz directa de Vaelrith. Cada palabra suya es una sentencia o una advertencia. Los sabios aseguran que sus apariciones no son casuales, sino mensajes del cielo: presagios de cambio, renovación o castigo. En las crónicas de la Tercera Edad, se cuenta que fue Marveth quien anunció el Regreso de los Dragones, pues el rugido de sus alas se confundió con el trueno que lo acompañaba.

“El trueno no miente. Solo anuncia lo inevitable.”

El Culto de los Cielos Despiertos

Los seguidores de Marveth son llamados Los Cielos Despiertos. Son sacerdotes, guerreros y navegantes que dedican su vida a mantener el equilibrio del aire y el mar. Llevan tatuajes de relámpagos en el pecho y las manos, y oran solo durante las tormentas, pues creen que entonces la diosa y su avatar escuchan más claramente. Entre ellos, existe una antigua plegaria que se pronuncia solo cuando se busca el perdón de Vaelrith:

“Si el trueno responde, el alma aún puede cambiar.”

La Filosofía de Marveth

El Heraldo enseña que la vida es movimiento, y que solo enfrentando el caos se puede alcanzar la verdadera fortaleza. El miedo no debe evitarse, sino atravesarse. El cambio no debe temerse, sino abrazarse.

“El rayo destruye, pero también ilumina el camino.”

Por eso, muchos aventureros, navegantes y reyes lo veneran, pues reconocen en él el símbolo del coraje frente a la incertidumbre.

Plegaria del Trueno Eterno

“Marveth, Heraldo de los Cielos,
mensajero del rugido divino,
que tu luz caiga sobre los cobardes
y tu fuerza bendiga a los valientes.

Rompe el silencio de la calma falsa,
haz temblar la tierra dormida,
y que tu trueno guíe nuestros pasos
hacia la verdad del cambio eterno.”

El Retorno del Heraldo

En la Cuarta Edad, las tormentas han regresado con una intensidad nunca vista. Los rayos caen sobre los templos olvidados, y los mares rugen contra las costas. Los sabios aseguran que Marveth ha despertado,
y que su presencia anuncia la marcha de los dioses sobre el viento. Se dice que fue visto por última vez caminando sobre las nubes del Monte Aerion, sosteniendo su tridente contra el firmamento, mientras los cielos respondían con un coro de mil relámpagos.

“Yo soy la advertencia… y la promesa.”

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