Eirvan, la sanación

 



Esfera de Influencia: Curación, Vida, Restauración y Misericordia
Avatar: Sereth, la Mano de la curación

El Susurro que Cierra las Heridas

Eirvan, conocido como el Luz de la Sanación, es uno de los dioses más compasivos del panteón de Beldar. No porta espada ni cetro, sino un báculo hecho de luz pura, símbolo de esperanza en tiempos de dolor. Su poder no radica en la destrucción ni el dominio, sino en la restauración del equilibrio: donde hay sufrimiento, él devuelve la armonía; donde hay corrupción, él trae pureza. Eirvan representa la voluntad de los dioses de preservar la vida, recordando a los hombres que la compasión es una forma de poder tan antigua como la creación misma.

“No toda batalla se gana con hierro; algunas se vencen con manos que curan.”

Apariencia del Dios

Eirvan se manifiesta como una figura luminosa, de rasgos suaves y eternos. Su piel irradia un brillo dorado tenue, y sus ojos reflejan la calma del amanecer. De su cabello caen hilos de luz que se desvanecen como niebla al tocar el suelo. Viste túnicas blancas y doradas, bordadas con símbolos sagrados que cambian según quien lo mire. A su alrededor flotan partículas de energía curativa, y su sola presencia hace florecer la vida incluso en la piedra o el desierto. Los sanadores dicen que Eirvan nunca camina: flota, como un rayo de sol sobre el agua.

El Don de la Llama Serena

Según los Cánticos del Alba, Eirvan fue el primero en recibir la Llama Serena, un fragmento del poder de creación que podía devolver el alma a un cuerpo moribundo. Con ella enseñó a los hombres las artes de la curación, y creó el primer templo donde la guerra estaba prohibida. Durante la Primera Edad, fue él quien sanó las heridas de la tierra tras la caída de los dragones, sellando grietas y purificando los ríos con su luz.
Desde entonces, se lo venera como el guardián del renacer, aquel que ve en cada final una nueva oportunidad.

Los Portadores de la Llama

Los seguidores de Eirvan, llamados Portadores de la Llama Serena, son sanadores, monjes y guardianes de los enfermos. Rechazan el uso de la violencia, pero no son débiles: su fuerza radica en resistir el dolor sin rendirse. Sus templos son lugares de paz absoluta, donde ningún arma puede ser desenvainada. Los fieles afirman que incluso los moribundos hallan consuelo bajo sus techos, pues creen que la muerte, en presencia de Eirvan, se convierte en descanso y no en pérdida.

El Avatar: Sereth, la Mano de la curación

Su avatar, Sereth, aparece en momentos de gran aflicción. No es un guerrero ni un sabio, sino un curador sin igual. Durante la Segunda Edad, cuando la peste de Nox cubrió las tierras del norte, Sereth caminó entre los moribundos con las manos desnudas, y su toque bastó para apagar el dolor de miles. Se dice que tras su paso, el aire olía a flores y el silencio se volvía oración. Nunca impuso fe; simplemente ofrecía alivio.
Por ello, los fieles dicen:

“Sereth no pide creer, solo respirar.”

El Juramento del Sanador

Los fieles de Eirvan pronuncian su juramento bajo la luz del amanecer:

“Curaré cuando otros destruyan.
Sanaré donde otros teman tocar.
Mi don no será arma, sino bálsamo.
Y cuando la oscuridad me reclame,
brillaré una última vez para guiar al perdido.”

Este juramento es grabado en su piel con tinta dorada, y se dice que, al morir, las letras desaparecen y regresan a la luz.

Plegaria del Alba

“Eirvan, Luz que cura,
que tus manos reposen sobre los heridos,
que tu voz calme los gritos del alma.

Enséñanos que sanar es amar,
y que la compasión es más fuerte que el miedo.

Que tu llama serena nunca se apague,
ni en el cuerpo, ni en el corazón.”

El Retorno en la Cuarta Edad

En la Cuarta Edad, cuando las guerras de los hombres dejaron miles de heridos, las leyendas dicen que la luz de Sereth volvió a verse sobre los campos de batalla. Los soldados que sobrevivieron afirmaron haber visto
una figura envuelta en resplandor, curando sin tocar, mientras sus lágrimas caían como gotas de lluvia pura. Se dice que Eirvan ha abierto los ojos una vez más, pues el mundo, agotado y enfermo, clama por su paz.

“Donde hay dolor, allí florecerá la luz.”

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