Sobre
el río, el viento zarandeaba las hojas de los árboles, desprendiéndose y
cayendo al cauce. Estas eran arrastradas por la fuerte corriente como barcas de
juncos zarandeadas en un mar enrarecido del Norte. A lo lejos, en la orilla, en
una planicie rodeada de árboles centenarios que cortaban el frío aire de la
mañana y ajeno a cualquier distracción, estaba Ereilyn. Alta, con el pelo largo
y liso, oscuro como el azabache. Le llegaba hasta rozar los hombros. Haciendo
su ejercicios matinales, se le adivinaba lo esbelta y fuerte que era, y a pesar de estar embarazada, los hacia cada
día. No quería perder la costumbre de hacerlos. El médico le había indicado que se moderase en
el esfuerzo, era lo más conveniente en su avanzado estado, que podría adelantar
el parto, previsto para dentro de 2 semanas.
Había querido tener un parto natural y
no gestar a su hijo en las frías vainas del Laboratorio Prenatal del
Ministerio. Eran pocos los que tenían a
su descendencia de manera natural. Pero ella quería sentir lo que era llevar
una criatura creciendo en su interior y
nunca se había arrepentido de su decisión. La experiencia es y estaba siendo
maravillosa.
Aquella mañana el suave viento
incrementaba la sensación de frío, el cielo estaba despejado, salvo por una
pequeñas nubes que daban discordancia al cielo raso. Los soles gemelos
brillaban con intensidad en aquella época del año, pero una luz más intensa que
atravesó las nubes, hizo que sus ojos oscuros como una noche sin estrella mirasen el horizonte, viendo como una gran
bola de fuego cruzaba el cielo e impactaba no muy lejos de allí, ella noto la
colisión el temblor de la tierra bajo sus pies.
Hacia siglos que un fenómeno de esas
características no ocurría en Beldar y menos aún en una de sus Lunas. Según
cuentan las leyendas, los niños nacidos de los meteoritos tienen el destino
marcado y marcan el destino de los que tienen a su alrededor, a estos niños se
les llama niños de las estrellas o los caminantes de los cielos, pero eso eran
leyendas de un tiempo pasado y ella no creía en ellas.
El espectáculo pirotécnico le había
hecho detener sus ejercicios, y hoy especialmente se notaba cansada y decidió
ir a ver el lugar del impacto. Después de caminar un buen rato, más de lo que
ella pensaba, llego al límite del cráter. Fuera del mismo vió cómo una piedra
verde resplandecía en su propia luz. Se quedó como hipnotizada. La cogió y se
la metió en el bolsillo. Justamente cuando hacía el movimiento sintió un fuerte
dolor en el abdomen, las contracciones habían comenzado, y pensó que quizá
debería de haber hecho caso al médico. Con la calma que le caracterizaba se dirigió
al lugar donde había dejado el vehículo para ir al Ministerio Prenatal para
tener a su hijo de manera natural.
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