Avatar: Meryn, la Tejedora del
Velo
Esfera de Influencia: Magia
El
Hilo Invisible del Mundo
La
magia no es un don, sino el pulso oculto del universo, el lenguaje con el que
los dioses moldearon la existencia. Zhaedor, el Dios de la Magia, es ese
latido eterno. No gobierna sobre la magia como un tirano, sino que la teje,
la guía y la equilibra. Su esencia impregna la realidad misma:
donde hay un conjuro, una chispa de poder o un secreto oculto, allí se siente
su presencia. Los sabios de Beldar dicen que Zhaedor fue el primero en escuchar
el susurro del Vacío antes de la Primera Edad, y que con su voz dio forma a
las palabras del poder.
Desde entonces, cada hechizo pronunciado por un mortal es un eco imperfecto de
su canto original.
“La magia no obedece: escucha.”
Zhaedor,
el Guardián del Velo
Zhaedor
se manifiesta como una figura envuelta en un manto que parece tejido con
estrellas y sombras.
De su rostro solo se perciben los ojos, infinitos y serenos, donde danzan
reflejos de mundos que aún no existen.
Su voz es calma, como el murmullo del viento en una biblioteca sin fin. A
diferencia de otros dioses, no exige templos grandiosos ni sacrificios;
prefiere la búsqueda del conocimiento y la contemplación del misterio.
Sus seguidores creen que comprender la magia no es dominarla, sino comprenderse
a sí mismo dentro de ella.
Los
templos dedicados a Zhaedor son conocidos como los Velatorios del
Conocimiento, santuarios silenciosos llenos de símbolos y círculos arcanos.
Allí, los magos y clérigos estudian los tejidos del poder y aprenden que toda
magia tiene un precio, pues es parte del equilibrio sagrado que mantiene
unido al mundo.
“Quien busca el poder sin propósito se convierte en su prisionero.”
Meryn,
la Tejedora del Velo
Meryn, avatar de Zhaedor, fue su
instrumento más sutil en las edades de los hombres. Cuando los dioses
abandonaron Beldar, Meryn permaneció dormida entre los hilos del mundo,
tejiendo con sus sueños los destinos de los magos. Se dice que en la Segunda
Edad, cuando el conocimiento arcano amenazó con devorar a los mortales,
Meryn despertó. Apareció como una mujer de ojos opalescentes y cabellos que
flotaban como tinta en el agua, caminando entre los reinos para restaurar el
equilibrio entre magia y vida. Su poder no era la destrucción, sino la
comprensión: enseñó a los hechiceros que toda magia requiere un vínculo con
el alma, y que sin ese vínculo, el poder se corrompe. Cuando cumplió su
tarea, volvió a dormirse bajo el Velo del Silencio, un plano etéreo
donde las palabras se convierten en luz.
“No hay secreto que no pueda ser comprendido… si uno está dispuesto a pagar su precio.”
La
Magia como Fe
Para los fieles de Zhaedor, la magia no es una herramienta, sino un sacramento. Aprender un conjuro es una forma de oración; lanzar uno, un acto de comunión. Creen que la energía fluye entre todas las cosas, y que el deber del mago es mantener el equilibrio entre el deseo y la armonía. Los sacerdotes de esta esfera meditan durante horas frente a un círculo de runas encendidas, observando los patrones que forman las luces hasta recibir una “revelación” de su dios. Sus enseñanzas son escritas en grimorios sagrados, encuadernados con sellos de plata y fragmentos de cristal, símbolos de la pureza del conocimiento.
Los
Portadores del Velo
Los
seguidores de Zhaedor son conocidos como Portadores del Velo, místicos
que actúan como guardianes del equilibrio mágico. No sirven a un reino ni a una
escuela, sino al flujo mismo del poder.
Muchos de ellos viajan en silencio, observando a otros magos y registrando el
uso indebido de la magia.
Cuando el tejido del mundo se tensa, ellos son los primeros en escuchar el
crujido invisible que precede a la catástrofe.
Símbolo y Plegaria
El
símbolo de la Esfera de la Magia es un círculo entrelazado por tres hilos de
luz, representando el poder, el conocimiento y la voluntad.
Sus colores sagrados son el azul profundo, plata y violeta etéreo.
Las ofrendas a Zhaedor suelen consistir en runas escritas a mano y velas negras
que se consumen sin dejar ceniza.
“Oh
Zhaedor, Guardián del Velo,
enséñame a escuchar la voz del poder,
no para dominar, sino para entender.
Que
mis palabras sean ecos del orden,
y mis manos no rompan el equilibrio del mundo.”

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