Esfera
de Influencia:
Tiempo, Ciclos, Eternidad
Avatar: Iskren, el Reloj Viviente
El
Guardián del Pulso Universal
En
los albores de Beldar, cuando la creación era aún un susurro entre los dioses,
surgió Nareth, el Vigilante del Tiempo.
No fue engendrado ni forjado, sino manifestado: la encarnación del ritmo
que separa el caos del orden, el movimiento del reposo.
Se
dice que su aliento marcó el primer segundo, y su silencio, el último.
Mientras otros dioses moldeaban la materia, la vida o el destino, Nareth marcaba
el compás de su existencia.
Cada era, cada ciclo, cada respiración del universo sigue el ritmo que él
estableció.
Por ello, sus seguidores lo llaman El que nunca duerme, El Guardián del Pulso, o El Ojo de las Arenas Eternas.
Apariencia
del Vigilante
Nareth
aparece como una figura envuelta en un manto hecho de arena luminosa, que cae y
se eleva a la vez, como si desafiara la gravedad. En su rostro no hay edad: ni
joven ni anciano, ni masculino ni femenino, pues el tiempo no tiene género,
solo duración. En sus manos sostiene un reloj de arena sin fondo, donde
los granos giran eternamente en espiral. Su mirada refleja tanto el nacimiento
de una estrella como la muerte de un mundo. El aire a su alrededor vibra con un
sonido leve, un tic-tac que no proviene de ningún mecanismo, sino del corazón
del tiempo mismo.
El Silencio de las Eras
Nareth
rara vez interviene directamente en el mundo de los mortales. Su deber es mantener
el equilibrio del flujo temporal, no alterar su curso. Solo cuando el ciclo
está en peligro, cuando el tiempo amenaza con romperse o repetirse
indebidamente, Nareth despierta y envía a su avatar, Iskren, el Reloj
Viviente.
En
la Segunda Edad, cuando los hombres descubrieron la magia del eco —un
hechizo que hacía retroceder los momentos breves—, el uso imprudente de este
poder creó fracturas en el tiempo. Nareth, sin pronunciar palabra, detuvo el
sol durante un día completo, congelando el mundo para que las grietas pudieran
ser reparadas. Ese suceso se conoce aún como La Noche Infinita.
La Eternidad como Juicio
A diferencia de otros dioses, Nareth no concede dones por devoción ni castiga por herejía. Su juicio es inevitable y mecánico, pues el tiempo es el único dios que alcanza a todos sin excepción. Los fieles lo veneran no por esperanza, sino por comprensión. Saben que el tiempo no puede sobornarse ni detenerse, pero puede entenderse y armonizarse. En sus templos, los sacerdotes marcan las horas no con relojes, sino con recuerdos, pues cada memoria es una medida del tiempo vivido.
“El tiempo no se gana ni se pierde. Solo se deja atrás.”
El
Reloj Viviente
El avatar de Nareth, Iskren, es una figura envuelta en engranajes dorados y flujos de luz que giran sobre su piel. Apareció por primera vez en el final de la Primera Edad, cuando los dragones fueron sellados en el Orbe del Tiempo. Fue Iskren quien colocó las Arenas Eternas dentro del orbe, asegurando que el ciclo de los dragones no terminara, sino que durmiera hasta su regreso. En la Cuarta Edad, se dice que Iskren ha despertado, pues el paso del tiempo se ha vuelto irregular: los días se alargan, las estaciones cambian sin aviso, y algunos afirman haber vivido el mismo sueño repetido durante años.
Los
Cronovidentes
Los
fieles de Nareth se organizan en la orden de los Cronovidentes, guardianes
de las eras y observadores del flujo eterno. No son profetas ni adivinos, sino testigos
del tiempo. Su misión es registrar lo que ocurre y proteger los lugares
donde el flujo temporal se debilita. Llevan colgantes con fragmentos de vidrio
llenos de arena encantada, cada grano simbolizando una vida observada y
recordada. Ninguno de ellos teme a la muerte,
pues creen que su conciencia regresará en el próximo giro del ciclo.
Plegaria
de las Arenas
“Oh, Nareth, Vigilante de los Segundos
Eternos,
guarda el ritmo de nuestros pasos.
Si el tiempo se detiene, hazlo respirar;
si se desborda, contémplalo sin ira.
Permite que recordemos lo vivido
y olvidemos solo lo que debe caer.
Que tu reloj siga girando,
y que nuestras almas sigan su compás.”
Legado
en la Cuarta Edad
En
la Cuarta Edad de Beldar, los sabios del Círculo del Tiempo han
advertido un fenómeno desconocido: los relojes sagrados marcan horas distintas, las profecías se repiten y los
sueños parecen eco de otros siglos.
Los
oráculos creen que Nareth ha abierto los ojos por primera vez desde la
creación, y que su mirada traerá el juicio de los ciclos. El tiempo, que
hasta ahora fue un guardián pasivo, podría convertirse en un dios activo,
reescribiendo los ritmos del mundo.
“Todo lo que ha sido volverá a ser.
Solo el Tiempo decidirá cuándo.”

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